AMOR POR ATLAS



Homenaje a Ricardo Puga

 
HISTORIA

Primer nombre, primera cancha y primeros años
Es muy importante aclarar que la historia del Club Atlético Atlas se divide en dos etapas bien diferenciadas. La primera, la verdaderamente amateur, va desde su fundación en el año 1951 hasta la afiliación a la AFA en el año 1964. La segunda, la oficial, se extiende desde ese año hasta la actualidad. La mayoría de los jugadores de la primera etapa no jugaron en la segunda. Los motivos son varios y los veremos a lo largo de este libro, pero fue definitorio el traslado de la cancha y los meses de transición posteriores, agregado a la partida de numerosos jugadores y el replanteamiento que debió hacer Ricardo Puga ante el advenimiento de dicha afiliación.
Todo eso obligó a su fundador a traer nuevos jugadores y a ampliar los planteles con miras a un compromiso mucho más exigente.
Como ya dije anteriormente, más allá del amor que siento por Atlas, este libro es el resultado de una profunda investigación. Intento ser lo más fidedigno posible para dejar asentada la verdadera historia del club. Como es lógico suponer por el tiempo transcurrido, por la falta de memoria de algunos y por el escaso registro de material foto-bibliográfico disponible, el segmento de nuestra historia que más esfuerzo y marchas y contramarchas me ha consumido fue la prehistoria y los primeros años del club. Para evitar errores consulté una y otra vez a muchos de los principales personajes de las primeras épocas. Ante las dudas que se presentaban a medida que avanzaba en la investigación, regresaba y consultaba una vez más a sus protagonistas, quienes fueron el eje principal que me permitió elaborar la historia definitiva.
Para ser lo más claro posible en el relato de los episodios que se sucedieron y que tuvieron como resultado el verdadero origen del Club Atlético Atlas, debemos ubicarnos en el tiempo y en el espacio.
Estamos a mediados del año 1948, paradójicamente, la época y el año de mi nacimiento. Nos hallamos en la República Argentina, en la ciudad de Buenos Aires y en el corazón del barrio de Villa Crespo. Dentro de ese, por entonces, pujante y populoso sector de la ciudad, nos detendremos en la manzana comprendida por las calles Velazco, Bompland, Aguirre y Fitz Roy.
Sobre la calle Velazco, al lado de la fiambrería de don Lorenzo Grapiolo a unos 30 metros de la esquina de Bompland, había un marco de mampostería que simulaba una puerta pero que estaba tapiada. Allí se reunían unos chicos de entre ocho y nueve años. Ellos eran: Carlos Moreno, Juan Carlos Bavasso, Ricardo Perpiñal, Mario Lef y Eduardo Bertozzi.
Al mismo tiempo, en Aguirre y Bompland, también al lado un almacén, se reunían otros chicos de idénticas edades: Raúl Salvatore, Fermín Concaro (su papá, don Juan, era el dueño del almacén), Juan Carlos Casanovas, Víctor Genaro Schiavo (que era tío de Luis Majul, el conocido periodista), Torcuato Mangas, Roberto González, Carlos Romero y Edgardo Moyano.
Ambos grupos se conocían y compartían sus juegos, algunas inocentes travesuras y, por supuesto, el amor por la redonda. Ni unos ni otros eran pendencieros o peleadores; eran chicos con una educación basada en el respeto y la solidaridad con el prójimo, condiciones que les valió una buena reputación en el barrio y que los acompañó el resto de sus vidas.
El centro de encuentro de estos dos excelentes grupos de amigos era la esquina de Velazco y Bompland, y esa unión permitió conformar un equipo de fútbol completo al que llamaron "Juventud". Jugaron su primer partido en un torneo que se había organizado en el terreno con forma de triángulo, entre la vía muerta de Velazco y las vías del ferrocarril San Martín, también conocido como "la cancha de Monteverdi". El resultado fue un fracaso total, dado que se enfrentaron con equipos mejor preparados y cuyos jugadores eran de mayor edad.
Al principio utilizaron camisetas prestadas; en algunos partidos usaron las que tenían los colores de Estudiantes y en otros con los colores de Huracán. Más adelante, compraron unas camisetas de algodón con los colores de Boca Juniors, que por entonces eran baratas y las únicas que habían podido adquirir. Pero ellos querían la de piqué, y de otro color.
Sin embargo su ánimo no decayó y comenzaron a alternar los partidos de fútbol frente a otros equipos de la zona, con las reuniones en las esquinas. Allí, por las noches, conversaban de fútbol entusiasmados ante la inminencia de un desafío el día sábado… y de tangos, tan de moda en esa época que hacía que algunos de ellos intentaran emular a los cantores del momento.
Era una hermosa rutina. Esas charlas previas a un encuentro o las posteriores al partido discutiendo las alternativas del match. Ellos sentían el fútbol bien dentro de sus entrañas, vivían para y por el fútbol. Y estaba bien que fuese así. "Los únicos privilegiados son los niños", aseguraban los carteles del gobierno de entonces, y los chicos de esa época hacíamos uso de esos privilegios a ultranza.
Uno de sus integrantes, Fermín Concaro, participó del Campeonato Infantil Evita del año 1949 jugando para otro equipo. Al año siguiente repitió la vivencia jugando para otro cuadro diferente, y les comentó a sus amigos las experiencias acumuladas. Entre uno y otro torneo, los pibes de Juventud empezaron a hacer de todo para juntar el dinero que permitiese adquirir las tan ansiadas camisetas de piqué, llegando incluso, a recolectar hojas de laurel de los árboles del vecindario para luego venderlas por la calle. Tras muchos esfuerzos lograron comprarlas con el color deseado: azul con cuello y puños blancos. Las adquirieron en un negocio mayorista que se especializaba en indumentaria deportiva, ubicado en la calle Azcuénaga entre Corrientes y Lavalle.
Así jugaron durante un tiempo hasta que decidieron que el equipo tenía que tener un delegado, como se le decía por entonces a quien representaba a un equipo y que se encargaba de buscar a los contrarios, conseguir partidos, armar el cuadro, masajear a los jugadores, cuidar que a los pibes no les pasara nada, y cualquier otro trámite indispensable. Esta responsabilidad recayó en la persona de un corredor pedestre: Esteban Velásquez, que era cuñado de uno de esos chicos, Carlos Moreno, y durante casi dos años cumplió sobradamente con su tarea. Fue un tiempo de muchas alegrías para ese equipo, que alternaba alguna derrota entre muchos triunfos.
Estamos a fines del año 1950. Los comentarios que había hecho Concaro sobre sus actuaciones en los Campeonatos Evita en que había participado, más la promoción que de ellos hacía el gobierno, estimularon el ansia de los chicos para participar en la siguiente edición.
-Che, ¿y por qué no participamos en el campeonato de "la Eva"? -dijo uno. Todos se miraron y afloró una sonrisa cómplice. - ¿Por qué no? -dijo otro. Y comenzaron a organizarse. Un día realizaron una reunión en la casa de Carlos Moreno en la que estaban presentes el propio Moreno, su cuñado y delegado Esteban Velásquez, Fermín Concaro, Juan Carlos Bavasso, Roberto González, Ricardo Perpiñal, Mario Lef, Juan Carlos Casanovas, Víctor Schiavo y Edgardo Moyano. Allí se comenzaron a analizar las primeras intenciones: juntar dinero para comprar una pelota de fútbol, decidir quiénes participarían del equipo, y como todo era nuevo, también cambiar el nombre del cuadro.
Todas estas cuestiones eran volcadas en un pequeño cuaderno que alguien había traído y que, modesta y precariamente, era el primer libro de actas del equipo. Allí quedaron asentados los nombres y los cargos que ocuparían. La tesorería, por ejemplo, quedó en manos de Carlos Moreno.
Cuando comenzó la elección del nombre que se le daría surgieron varios, pero sobresalían "Defensores de Velazco", y "Unidos de Villa Crespo". En un momento de la conversación, Esteban Velásquez dijo: "Miren el cuaderno". En su tapa tenía la figura de un atleta con el globo terráqueo en sus manos levantadas y un nombre que atravesaba el globo: Atlas. El grito de satisfacción por el hallazgo fue unánime, a todos les gustó.
En ese preciso instante, momento crucial en la vida del club, nacía el nombre que hasta el día de hoy sigue firme y adelante para el orgullo de todos.
Con el nuevo nombre, las camisetas tan anheladas, la pelota y el delegado, comenzaron a prepararse para el próximo torneo Evita.
Pero los chicos desconocían que aquéllos que se divierten a diario manejando los hilos de nuestras existencias les tenían reservados algunos acontecimientos impensados. También desconocían que estaban por ser los protagonistas de una de las epopeyas más singulares del fútbol argentino, y por qué no, del mundo entero. Ese pequeño grupo de hombres en ciernes sería la base fundamental de un sueño que albergaría en su interior el sueño de cientos de niños como ellos. Se hallaba en ese preciso momento en los umbrales del inicio de una historia plena de emociones, con una carga increíble de ternura, de sacrificio y de pasión.
En los primeros meses de 1951, Velásquez, su delegado, se mudó de barrio y dejó de representarlos. Reunidos en "su" esquina, los niños estaban desconcertados. Como no había psicoanalistas que pudieran contenerlos, apelaron a lo más práctico: la terapia de grupo. Ante la pregunta fatal, "¿Y ahora qué carajo hacemos?", comenzaron el debate y las ponencias. Y pasaron los días. Y pasaron. Y el campeonato de "la Eva" se acercaba.
El destino o quien sea, como ya se dijo, había impuesto que a mediados de 1950 fuese a vivir al barrio un personaje que iba a tener una gravitación definitiva en estos eventos. Solitario y muy amable, le alquilaba a la familia Branca una piecita en un primer piso sobre la calle Aguirre, a metros de donde se juntaban los chicos. Sin ningún tipo de esfuerzo, enseguida se entabló una buena relación entre la barrita de la esquina y este hombre, quien siempre que venía de trabajar se quedaba conversando con ellos.
En uno de los debates entre los chicos donde evaluaban cómo manejar sus cuestiones, uno dijo:
- ¿Y si le decimos al flaco? La preocupación de todos por participar en el nuevo Campeonato Infantil Evita que se avecinaba, hizo que no dudaran más y fueran a verlo. Interiorizado de los pormenores que aquejaban a los jóvenes, el hombre dijo No, rotundamente. Sin embargo, ellos insistieron varias veces con el nuevo vecino para que los representara. En un principio siguió negándose sistemáticamente, pero su sino estaba decidido y marcado a fuego.
Un día, al regreso del trabajo, los chicos lo esperaban en la puerta de su casa y le rogaron una vez más con su pedido, mostrando su desesperación ante la proximidad del torneo.
Ricardo Puga, tal el nombre de este personaje que iba a empezar a escribir la verdadera epopeya de su vida en ese instante, miró la cara de esos niños, miró el brillo de entusiasmo en sus ojos y terminó de convencerse, por lo que aceptó formar el equipo y dirigirlos y con su voz casi ronca y algo aflautada les dijo:
-Pero por este campeonato nada más, ¿eh?
La inscripción se realizaba en las comisarías. Puga juntó los datos de los jugadores y los inscribió en los Campeonatos Evita en la comisaría 29ª, a la vuelta de su casa. Al nombre elegido por los chicos, él le hizo un agregado; anotó el equipo como "Deportes Atlas". Tuvo su debut oficial en ese campeonato con una actuación discreta. También participó en infantiles de 1952, 1953 y 1954; en estos dos últimos años lo hizo en dos categorías: infantil y juvenil.
Los jugadores participantes debían realizarse una revisación médica que se hacía en las instalaciones de la Facultad de Agronomía y que incluía radiografías de pecho y de espalda.
En esa primera participación el equipo no pasó de la primera ronda, pero sí en la siguiente. Una anécdota de ese torneo tiene como protagonista al arquero de apellido Peñalba que reemplazaba a Moyano y que atajaba muy bien. En un partido que se jugaba en la cancha de la Agronomía, Peñalba atajó una pelota muy difícil, luego corrió unos pasos para sacar e intentó patear hacia el medio, pero con tal mala fortuna que la pelota le pegó en la nuca a Coke -que ya miraba hacia adelante- y entró en nuestro arco. Fue un divertido blooper. Claro que Puga no pensaba lo mismo y terminó a las puteadas y agarrándose la cabeza.
En 1953 Puga le hizo un agregado al nombre, que quedó como Deportes Atlas, infantiles y juveniles. Después de los campeonatos Evita siguió como Club Atlas hasta que en 1960, cuando obtuvo la personería jurídica, adquirió su definitivo nombre: Club Atlético Atlas.
Para probar a los jugadores que iban a participar y realizar las prácticas necesarias, Puga los hacía jugar en la calle o en la vía muerta. Posteriormente alquilaba (pagando de su bolsillo) las canchas de El Alba y de Lucero de Palermo. Éstas se hallaban ubicadas en el amplio terreno que fuera la playa de maniobras del Ferrocarril Gral. Bartolomé Mitre, en los límites del barrio de Colegiales con Villa Crespo, y estaban delimitadas por las calles Dorrego, Cramer, Tte. Benjamín Matienzo y la Avenida Álvarez Thomas y era conocido de varias maneras.
Los consigno por orden de popularidad: "La Curva", La Algodonera", "El Molino" (Minetti), "Bajo Martínez", "El campo de Martínez", "El Campito".
En 1952 Ricardo Puga vio la posibilidad de instalar su propia cancha en ese lugar. Entonces eligió un sector, solicitó y obtuvo del ferrocarril Mitre una autorización precaria para su uso. Luego empezó a limpiarlo, pues se hallaba atestado de piedras de canto rodado, de pedregullos, de material abandonado del ferrocarril; y como en algunos lugares el terreno era un bajío, compró algunos camiones de tierra y primero con una máquina alquilada y luego a pala y carretilla, lo rellenó y adaptó para la práctica del fútbol.
La cancha de Atlas se encontraba aproximadamente en la manzana limitada hoy por las calles Cramer, Santos Dumont, Zapiola y Concepción Arenal.
En ese terreno Puga hizo una cancha grande y una cancha de baby fútbol. Construyó una vivienda para el casero, espacio para los vestuarios y para la utilería que se compartía con el club Rayo. También La cancha de baby se ubicaba hacia la calle Cramer y en forma perpendicular a la grande, que lindaba con la de Fénix hacia el Oeste y con la de Rayo hacia el sur.
En las tareas de limpieza y la preparación del terreno, colaboraban los chicos que conformaban el plantel, quienes alternaban ese trabajo con la diversión. Los históricos Roberto Albor y Pechito Segovia cuentan la aventura que significaba para ellos cazar ranas en el bañado, o subirse a los carreteles de cable telefónico de Pirelli que se encontraban abandonados y navegar en esas aguas como si fueran botes. Inocencia e inconsciencia en su estado más puro y virginal. La inocencia de la niñez y la inconsciencia de no saber que estaban inaugurando una historia rica en afectos, en alegrías y en amistades.


 


Primer Equipo de Atlas 1949

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